Gracias, Lemmy

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Las palabras no salen. No sé cuántas veces habré escrito y borrado este mismo texto. Hace días que busco las palabras y no las encuentro. Desde el día 28 de diciembre concretamente, poco pasada la media noche. Un día que, igual que el 24 de 1945, quedará grabado a fuego en mi memoria. 28 de diciembre de 2015. El día en que el Rock n’ Roll murió.

 

 

 

Todo el mundo conoce la historia de Lemmy. Todo el mundo conoce su nombre real, cuándo y dónde nació, las bandas de las cuales formó parte… Pero no quiero que esto sea una biografía más. Quiero que esto sea un pequeño homenaje. Algo sincero. Quizás también algo personal. porque Motörhead, y más concretamente Lemmy, fueron uno de esos pedazos de la historia de la música que cruzan la barrera de ser simplemente una banda y se convierten en parte de tu vida, casi en una parte de ti.
No sé cuándo conocí a Motörhead, ni cuál fue el primer tema que escuché (posiblemente “Ace of Spades”), tampoco recuerdo cuál fue su primer disco que me compré. Lo que sí recuerdo es que, desde el primer instante en que los escuché, entraron en mi vida y jamás salieron de ella. No eran las letras, no era el ritmo, no eran los estribillos… Era ese bajo que retumbaba como una bestia, esa voz empapada en whiskey y ahumada en thMarlboro. Era esa forma que tenía Lemmy de poner el micro por encima de su cabeza, como si fuera una manera de evitar mirar al público. Su público. Ese que congregaba a heavies, a punks y a rockeros. Porque, no solo Motörhead, sino Lemmy, fue prácticamente creador de todos ellos. Y no solo los creó o influyó, sino que los unió.
Era la forma de Lemmy de enfrentarse a la vida. Eran sus patillas y su pose. Eran esas letras en las que parecía que no le importaba nada, en las que se cagaba de una forma relativamente sutil en el mundo actual mostrando su desconformidad ante la política, ante la religión. Sin mostrar un ápice de sensibilidad (la cual sí plasmó en muchos de los temas que compuso para otros artistas).

Mostrando, simplemente, su disconformidad. Porque él era un rebelde. Posiblemente el último rebelde. El era la encarnación del Rock n’ Roll. Ya sabéis, siguió fiel al lema del Rock “sexo, drogas, y Rock n’ Roll”. Lo siguió al pie de la letra. Lo tuvo en exceso durante más de 4 décadas, y tampoco dejó el tabaco o el whisky con cola (en los últimos años vodka con zumo de naranja). Vivió al máximo, tal y como sonaba su música. Y disfrutó de ella hasta el fin. Sin remordimientos. Y eso era precisamente una de las cosas que le hacía ser quien era. La última leyenda viva de la música. Lo tuvo en exceso, pero ni los médicos, ni los fans, ni los críticos, ni absolutamente nadie le detuvo. Porque, más allá de su vida desenfrenada, o por debajo de ella, yacía lo más importante. Y es que Lemmy hizo lo que quiso. Lo hizo como quiso. Y no le juzguéis. Porque vivió su vida cómo el creía y le apetecía. Su vida. Ni la tuya. Ni la mía. La suya. Fue fiel a sí mismo, fue honesto… Y su actitud ante la vida y ante todo, fue lo que le hizo grande.
Pero no todo era bebida, alcohol y mujeres. Lo más importante era la música. Numerosos cambios de formación en Motörhead desde que se disolvió el “power trio” definitivo (Lemmy+Clarke+Philthy), discos que funcionar Screen-Shot-2015-11-13-at-12.43.40-PMmejor y otros que funcionaron peor, giras por todo el mundo, bandas sonoras, cine… En los años más recientes la muerte de Wurzel, del enorme Philthy, problemas de salud… Pero él siempre siguió al pie del cañón. Al frente. Simplemente, siendo el. Conciertos a medias porque no aguantaba, su voz no era la misma, todo indicaba que algo no iba bien, que nada volvería a ser lo mismo. Pero lo que le daba la vida era estar ahí, sobre el escenario. Ni tan solo se quitó jamás sus camperas, ni su camisa negra, ni su sombrero. No hacía falta ver la mirada que se escondía tras esas gafas de espejo para sentir un tremendo respeto hacia ese rostro sobrio. 40 años teniéndolo prácticamente todo y el seguía con sus tragaperras, su apartamento angelino y pasando media vida en el Rainbow. 40 años teniéndolo prácticamente todo y jamás dejó de salir a la carretera, de tocar enfundado en sus elásticos negros. 40 años teniéndolo prácticamente todo y su último concierto fue escasos 20 días antes de su repentina muerte. Con las botas (camperas) puestas.

Muerte…. Suena tan extraño. Siempre pensé que Lemmy era una especie de ser indestructible. Casi inmortal. Los jóvenes (y no tan jóvenes) siempre lo hemos visto ahí. Llegamos y ahí estaba, con los amplis al 11 y descargando metralla con su mástil a diestro y siniestro, como si su cinturón de balas fuera la munición de su bajo. Llegamos, algunos se han ido y él seguía ahí. Como el pilar que es (me cuesta tanto hablar en pasado…). Firme. Siempre de pie. Sin rendirse. Llegamos, compramos sus discos y lo seguimos haciendo porque, aunque muchos suenen igual, aunque a veces, con algunas cervezas demás, en directo resultara difícil distinguir qué tema estaban tocando, nos gustaba, porque sonaba a Motörhead. Desprendía ese aroma a alcohol destilado y tabaco.
Siempre se mantuvo como un pilar: un pilar en su banda, un pilar en el centro del Rock, un pilar en la historia de la música. Y con el se desarman los cimientos y todo empieza a agrietarse y a crujir, todo empieza a desmoronarse. Porque falta la base. Falta lo que sostiene todo. Falta la razón. Falta el motivo. Porque, nos habrá dejado muchas frases para la posteridad de ese humor siempre británico por mucho tiempo que hiciera que vivía en USA, muchos recuerdos que nos harán sonreír. Pero él estaba muy por encima de todo ello. Lemmy era una entidad propia. Lemmy era una especie de deidad. Lemmy se ganó el respeto de muchos que ni escuchaban su música. Porque era actitud. Era auténtico. Era la personificación del Rock n’ Roll. Y ya no está con nosotros.lmmy
Parece que solo cuando sabes que no vas a volver a ver el anuncio de una gira, cuando ves los comunicados de cancelaciones de conciertos, cuando piensas que Motörhead no va a lanzar ya su vigésimo tercer álbum, es realmente cuando te das cuenta (por mucho que aún cueste asimilar) de que el mundo es un lugar un poco peor. De que ya hay algo que no va bien y nunca se solucionará. De que, a fin de cuentas, aunque pareciera que jamás fuera a llegar este momento, Lemmy ya no está. Que ya no podemos hablar de el en presente. Que todo es pasado. Todo es recuerdos.
Dicen los que conocieron a Lem, como sus amigos le llamaban, que era un hombre humilde, al que no le gustaba, o le incomodaba, la adulación. Era un hombre optimista, preparado para todo, al que no le gustaba regodearse y tremendamente sarcástico. Así que, aunque sea por el y por cuánto se reiría de nosotros si viera todo este “luto” que le guardamos, mejor celebrar su vida, su música y su aportación a la historia del Rock, y mejor si es acompañado con un poco de Jack Daniel’s. Brindemos por el y démosle las gracias. Por habernos enseñado tanto sobre la vida a través de su música. Por habernos dado lecciones de cómo enfrentarnos a ella. Por habernos enseñado a ser nosotros mismos sin importar el resto. Por habernos enseñado a ser leales, con nosotros y con el resto. Por habernos animado cuando más lo hemos necesitado. Porque su música siempre ha estado ahí cuando la hemos necesitado. Por haber tenido el privilegio de, de una manera u otra, haber disfrutado de el. Por, en cierta medida, habernos hecho un poquito quien somos. Por, al fin y al cabo, haber formado parte de nuestra vida durante tantas décadas. Siempre con una peineta guardada para todos los gilipollas.

 

Posiblemente se marche uno de los pocos seres humanos en este mundo que no tenía nada de lo que arrepentirse. Le dieron de 2 a 6 meses de vida pero, como nadie le mandaba, parece que se quiso de reír de sus doctores y decidir él mismo cuando era hora de irse. Ya lo dijo en más de una ocasión, estaba listo para morir, y “no quería vivir para siempre”. Sin duda, vivió para ganar. Y ganó. Posiblemente más de lo que nunca podría imaginar.

 

 

Era Lemmy. Y tocaba Rock n’ Roll. Y ahora sería el momento de entonar “Overkill”, como al final de cada concierto, hacernos vibrar con la intro y, al terminar, desenchufar el bajo, apoyarlo en el suelo, y despedirse de su público por última vez.

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Tania Giménez
tania@queensofsteel.com

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