De Mysteriis dom Sathanas Alive – 14/10/2017 (Razzmatazz 2)

Mayhem son uno de esos buque insignia del Black Metal. A finales de los 80, sin ni tan solo ser ellos conscientes, empezaron a forjar su historia, a crear una leyenda. Una leyenda que a día de hoy sigue viva. Una leyenda que no solo ha hecho historia dentro del género, sino que además ha vivido el momento de apogeo de este, así como su crónica más negra. Una formación que siempre ha estado rodeada de polémica y misterio. En 1994 regalaron al BM uno de sus discos más venerados. Uno de esos que son clave para entender el género y su evolución. Ese fue su álbum debut, “De Mysteriis dom Sathanas”, su primera obra con Attila a las voces.  Una obra seminal que en 46 condensa toda la esencia del Black Metal noruego. Una obra que ha sobrevivido al paso de los años, dejando un importante legado musical. Pero a partir de aquel momento estos noruegos pertenecientes a la segunda ola del Black Metal no fueron capaces de mantener el listón, ni la atmósfera, ni aquella magia que habían hecho suya. Así que para cualquier amante del estilo uno de los conciertos que el grupo ofrecía en la península tocando íntegro este álbum, tal cómo han hecho ya anteriormente en otros países y continentes, se convertía en una cita ineludible. En esta ocasión venían acompañados por os portugueses The Ominous Circle y los británicos Dragged into Sunlight. Tres maneras distintas de percibir el Metal extremo, pero con la oscuridad como nexo común.


Acudimos el sábado 14 de octubre a la velada de la Ciudad Condal. Antes de la estipulada apertura de puertas (que se retrasó varios minutos) una buena cantidad de gente ya se agolpaba a la entrada de la sala Razzmatazz 2, que se encontraría prácticamente llena aquella noche, al borde de colgar el cartel de  “sold out”.  Con puntualidad dieron comienzo The Ominous Circle, con una propuesta que conjugaba Death y Black Metal y una puesta en escena trabajada, saliendo ataviados al más puro estilo MGLA, con pasamontañas y sudadera con capucha bajo una chupa de cuero, menos el cantante, que llevaba un abrigo y guantes negros al estilo hábito de cura, y se movía y gesticulaba como si en efecto estuviera oficiando misa, todo envuelto por un aire ocultista. Desgranaron en cerca de 40 minutos su único álbum, con un sonido contundente y una interpretación compacta, dejando caer temas como “Poison Fumes” o “As the Worm Descends”. Un concierto correcto, con un buen sonido, pero que le faltó “algo”.

Siguieron Dragged into Sunlight, una de las bandas que más ganas tenía de ver y que todavía no había tenido la oportunidad de presenciar en directo. Antes de salir al escenario ya se intuía que la ambientación iba a ser increíble, reinando como en todos sus conciertos un enorme candelabro negro de huesos y con un cráneo de carnero (obra del artista yanqui Jeff Kastelic, del cual sigo su trabajo desde hace tiempo), y con cráneos y velas sobre los amplificadores. Sin más dilación y con total sencillez salió el combo al escenario dispuesto a darlo todo con el escenario completamente a oscuras, iluminado únicamente por velas, focos fijos rojos en el suelo ante los amplis y tras la batería y un estroboscopio flasheando luz blanca no apta para epilépticos al ritmo de la música. Mientras sonaba una intro y los de Reino Unido ocupaban sus posiciones, con la peculiaridad que tienen de tocar siempre de espaldas al público. Nihilismo, misantropía, en ese aspecto un poco Mysticum, como la camiseta que llevaba uno de sus guitarristas. Odio y destrucción tanto en su música como en la trabajada puesta en escena. Violencia sónica y visual. Arrancaron sin piedad con la devastadora “To Hieron”, y siguieron destrozándonos con cortes como “Buried with Leeches”, la atronadora “Volcanic Birth” o “Lashed to the Grinder and Stoned to Death”. Imponentes. Potentes. Destructores. Aniquiladores. Perversa y degenerada ira. Cerca de una hora de ira sin miramientos para coronarse como uno de los grandes de la noche.

Y sin demasiados preámbulos ni una espera demasiado larga, con el escenario en penumbra decorado por el telón y diseño especial que disponen para esta gira, saltaron sobre las tablas Hellhammer (tras un mastodóntico kit batería enorme) y Necrobutcher acompañados de Ghul y Teloch, todos ellos ataviados con túnicas y cubriéndose con una capucha. Con luz tenue azulada y las siluetas de los músicos envueltas por humo, empezaron a sonar las primeras notas de “Funeral Fog”, mientras se les uniría Attila Csihar. El público se entregó desde el primer instante ante ese pedazo de la historia de la música que teníamos delante. Banda compacta, pero una lástima que el sonido no acompañara en ningún momento de la noche, cebándose especialmente con la voz, que durante las primeras estrofas de “Freezing Moon” fue inaudible. Prosiguieron con “Cursed in Eternity”, interpretando el álbum por orden, con una interpretación fantástica y un Attila fuera de sí, como poseído por la música, casi enajenado. Frontman increíble, sin salirse del papel en ningún momento, moviéndose por el escenario como un ente venido del más allá. Teatralidad absoluta reforzando la ambientación creada con estatuas de esqueletos, niebla densa que convertía a los componentes del grupo en meros espectros y luces tenues. “Pagan Fears” fue la siguiente, y el respetable seguía volcándose por completo. Pero uno de los momentos más interesantes llegó con “Life Eternal”, para el que trajeron un altar al escenario. Constaba de dos velas negras y un cráneo humano entre ellas, dispuesto sobre un mantel de altar lila. Parecía que aquí daba comienza una segunda parte del espectáculo. Terminaba el concierto y empezaba el rito. Attila encendió las velas de manera casi ritual, parsimoniosa, mientras interpretaba el tema. Ceremonia negra con el color morado como protagonista, tanto en la iluminación como en el pequeño altar, quizás en referencia a los rituales de paso, un simbolismo que guardaría fuerte conexión con el tema y la puesta en escena. Atmósfera tétrica (con un Attila que se antojaba un ser siniestro en todo momento como protagonista) que perduró hasta la siguiente canción, “From the Dark Past”, durante la cual el singular vocalista no dejaría de jugar con el cráneo. Congregados todos los miembros del grupo alrededor del altar mientras entonaban un “Buried by Time and Dust” se auguraba el final, que lo pondría el himno “De Mysteriis dom Sathanas”, una de las canciones más celebradas de la noche y que culminaría la ceremonia y con la que cerraba el ritual, terminando con Attila volviendo al altar para apagar las velas con sus propias manos. Cerrando un círculo.
Parte del público se quedó con  de más, con la sensación de que un concierto de unos 50 minutos era demasiado corto, pero en una gira de este tipo no tendría sentido interpretar temas de otros trabajos. Fantástica interpretación, grandes temas, una ambientación exquisita  y una sensación de misa negra de la que todos nos sentimos parte, una lástima que todo quedara en gran manera empañado por el mal sonido. Aún así Mayhem cosecharon éxito. Su concierto fue una afirmación de que, cómo ellos mismos dirían, “the past is alive”. Porque nada muere. Todo es eterno. Todo es un ciclo, y con una sutil simbología ocultista así lo plasmaron en su puesta en escena.

Tania Giménez
Tania@queensofsteel.com

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