ARTÍCULO: Rock’n’roll y compadreo: aquí no se toca a los colegas
Hay algo que el rock’n’roll lleva haciendo bastante bien desde hace décadas: vendernos la rebeldía, la provocación y la libertad como si fueran patrimonio exclusivo de los hombres que suben a un escenario. También lleva bastante tiempo demostrando que, cuando uno de los suyos se mete en un jardín, siempre aparece algún colega dispuesto a regarlo, abonarlo y explicarnos que tampoco es para tanto. La camaradería masculina es maravillosa. Sobre todo cuando consiste en no hacer demasiadas preguntas incómodas.
Las recientes declaraciones de Billy Corgan han vuelto a poner sobre la mesa dos asuntos que, aunque diferentes, comparten un trasfondo bastante revelador. Por un lado, el líder de The Smashing Pumpkins ha defendido su amistad de casi treinta años con Marilyn Manson, cuestionando que otras personas pretendan decidir con quién debe relacionarse. Corgan aseguró que personalmente no creía que Manson fuera culpable de las acusaciones de abusos y agresiones sexuales que ha afrontado, apelando también a su conocimiento personal de la situación y a los vínculos familiares que les unen. Manson ha negado las acusaciones y la Fiscalía de Los Ángeles decidió no presentar cargos penales en 2025, después de investigar el caso. Eso, evidentemente, no convierte las acusaciones en inexistentes ni resuelve por sí solo el debate sobre lo sucedido.
Por otro lado, Corgan habló de su relación con Chloé Mendel, a quien conoció cuando ella tenía 19 años y él 44. Al explicar la diferencia generacional, llegó a presentar la juventud de su pareja como una ventaja porque, según sus palabras, no había sido «herida» por la vida como tantas mujeres de su generación. También habló de las dificultades de relacionarse con mujeres que habían acumulado experiencias complicadas y heridas emocionales.
Y aquí conviene detenerse un momento. Porque una cosa es que dos personas adultas decidan mantener una relación con una diferencia de edad considerable, y otra bastante distinta es presentar como una ventaja que una mujer sea joven porque todavía no ha acumulado experiencias, desconfianzas o heridas que puedan condicionar la relación. ¿Qué estamos valorando exactamente? ¿La juventud, la compatibilidad o la posibilidad de relacionarnos con alguien que todavía no ha desarrollado determinados filtros? No hace falta hacer un máster en psicología para entender por qué esa explicación resulta, como mínimo, inquietante.
La cuestión no es que las mujeres mayores estén rotas. La cuestión es que algunas ya han aprendido a reconocer determinadas dinámicas, saben poner límites, tienen experiencia y no están dispuestas a aceptar cualquier cosa. Y eso, para quien confunde una relación con la ausencia de cuestionamientos, puede resultar bastante menos cómodo. La experiencia no estropea a las mujeres. A veces simplemente les permite identificar antes lo que no quieren.
Pero vayamos al rock, que aquí tenemos material para llenar unas cuantas cajas de vinilos.
Durante décadas, la industria musical ha normalizado una imagen bastante particular de la masculinidad rockera: hombres adultos, exitosos y sexualmente desinhibidos rodeados de chicas muy jóvenes. Y no hablamos únicamente de rumores de camerino o de las habituales historias de excesos que se cuentan entre gira y gira. A veces estaba directamente en las canciones, con su correspondiente riff pegadizo y un estribillo que todo el mundo podía corear.
Los Rolling Stones ya nos presentaban en «Stray Cat Blues» a una adolescente de quince años como objeto de deseo. KISS hicieron lo propio con «Christine Sixteen», y Ted Nugent tituló directamente «Jailbait» a una canción de 1981 en la que hablaba de una chica de trece años. Sí, trece. No es una errata ni una referencia a una película de terror. Winger consiguió uno de sus mayores éxitos con «Seventeen», de 1989, una canción sobre una adolescente cuya edad no parecía representar un inconveniente para el narrador. Años después, el guitarrista Reb Beach explicó que una de las líneas más controvertidas había sido idea del productor Beau Hill. Una explicación que quizá aclare quién escribió aquella frase, pero que no hace que suene mejor.
Y la cosa no terminaba en las letras. La cultura de las groupies, las giras y los camerinos también alimentó durante décadas relatos de relaciones entre músicos adultos y adolescentes que se contaban como anécdotas de una época gloriosa. Jimmy Page mantuvo una relación con Lori Mattix cuando ella era menor de edad, según el relato de la propia Mattix. David Bowie también fue señalado en los recuerdos de aquella etapa. Steven Tyler, de Aerosmith, mantuvo una relación con Julia Holcomb cuando ella tenía dieciséis años y él veinticinco. Tyler llegó a convertirse en su tutor legal para poder viajar con ella. Holcomb ha relatado posteriormente su experiencia y presentó una demanda en 2022 con acusaciones de abuso y manipulación. En 2026, un tribunal desestimó la mayor parte de las reclamaciones por cuestiones relacionadas con los plazos legales, aunque permitió que una parte siguiera adelante.
¿Y qué ocurría alrededor de todo esto? Pues que el rock tenía sus códigos, sus leyendas, sus excesos y, por supuesto, sus silencios. Las chicas jóvenes eran parte del paisaje de la gira, como las botellas de whisky, las habitaciones destrozadas y los amplis a toda hostia. Si alguien cuestionaba aquellas dinámicas, siempre había una explicación disponible: era otra época, ellas querían estar allí, eran groupies, formaba parte del rock’n’roll. Qué conveniente resulta que la libertad sexual parezca haber sido históricamente mucho más generosa con los hombres que con las mujeres.
Y aquí llegamos a una de las cuestiones que más cuesta abordar: la protección entre colegas. Porque no estamos hablando de que todos los músicos tengan que romper automáticamente cualquier relación personal ante una acusación, ni de que debamos sustituir los tribunales por juicios en redes sociales. Estamos hablando de algo bastante más sencillo: la posibilidad de escuchar, cuestionar, mostrar empatía hacia quienes denuncian y no convertir la amistad masculina en un salvoconducto.
Parece que entre determinados círculos del rock existe una especie de pacto no escrito: puedes ser un impresentable, puedes tener comportamientos cuestionables, puedes acumular historias incómodas, pero si eres colega, has compartido escenario, fiestas o suficientes botellas, siempre habrá alguien dispuesto a salir a defenderte. No vaya a ser que una conversación incómoda estropee la próxima cena, el próximo cumpleaños o la posibilidad de compartir cartel.
Y mientras tanto, ¿dónde quedan las mujeres? ¿Las compañeras de profesión? ¿Las músicas que llevan años intentando hacerse un hueco en una industria donde todavía tienen que demostrar el doble? ¿Las chicas que entran en un backstage y se encuentran con dinámicas que nadie parece dispuesto a cuestionar? A menudo, sencillamente, fuera de la conversación. Porque la prioridad parece ser proteger la reputación del colega antes que escuchar a quienes cuentan experiencias desagradables.
Lo más irónico es que muchas de estas bandas y artistas han construido su identidad alrededor de la transgresión. El rock ha presumido de romper tabúes, desafiar convenciones y escupir a la cara de la autoridad. Pero parece que algunas convenciones patriarcales han sobrevivido perfectamente al paso del tiempo, al cambio de décadas y a varias generaciones de guitarras distorsionadas.
Tampoco necesitamos convertir cada concierto en un tribunal ni exigir que cada músico publique un comunicado sobre cualquier polémica. Pero sí estaría bien dejar de confundir la lealtad con la complicidad, la amistad con la ausencia de criterio y la libertad con el derecho a no rendir cuentas.
Porque cuestionar determinados comportamientos no significa odiar el rock, censurar canciones o negar la historia de la música. Podemos seguir escuchando discos que nos encantan y, al mismo tiempo, revisar las historias que hay detrás. Podemos disfrutar de un riff sin tener que justificar todo lo que hizo quien lo compuso. Y podemos reconocer que una época tuvo cosas maravillosas sin convertir cada uno de sus excesos en una virtud.
Al final, quizá el problema no sea que el rock haya perdido su espíritu provocador. Quizá sea que algunos siguen confundiendo ser transgresores con no tener que dar explicaciones, y que otros continúan creyendo que defender a un amigo consiste en no cuestionarlo jamás.
Mucho rock’n’roll, mucha actitud y mucha hermandad. Pero si para mantener la camaradería hay que mirar hacia otro lado cuando las mujeres hablan, quizá no estamos ante una hermandad tan admirable. Y si la juventud de una mujer se considera una ventaja porque todavía no ha aprendido a desconfiar, quizá convendría preguntarse quién sale realmente beneficiado de esa supuesta ventaja.
Porque la rebeldía queda estupenda en una portada de disco. Lo difícil es practicarla cuando el comportamiento cuestionable es el de tu propio colega.
