ARTÍCULO: El underground molesta

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El cierre de Meteoro vuelve a poner sobre la mesa una pregunta bastante incómoda: ¿qué ocurre con la música cuando una ciudad deja cada vez menos espacio para todo aquello que no encaja en su modelo de negocio?

Barcelona sabe perfectamente qué tipo de ciudad quiere vender. Una ciudad cultural, creativa, cosmopolita, llena de festivales, conciertos, restaurantes, terrazas, eventos y barrios suficientemente fotogénicos como para aparecer en cualquier campaña turística. Lo que no está tan claro es qué tipo de ciudad quiere conservar. Porque mientras Barcelona presume de cultura, cada vez resulta más difícil sostener aquello que hace posible que una cultura musical exista antes de convertirse en producto. El cierre de Meteoro es otro ejemplo de una dinámica que llevamos demasiado tiempo viendo: desaparecen espacios pequeños, independientes, autogestionados o incómodos, y con ellos desaparecen también parte de los circuitos donde una banda puede empezar, equivocarse, encontrar público y construir una escena.

Y el problema es que una escena no empieza en un festival. Empieza mucho antes, en lugares que rara vez aparecen en los discursos institucionales sobre cultura: locales de ensayo, bares pequeños, asociaciones, centros sociales, okupas, espacios autogestionados y salas donde alguien está dispuestx a programar a una banda que todavía no conoce nadie. Para que exista una banda tiene que existir algún sitio donde ensayar; para que exista una escena tiene que haber lugares donde tocar; para que aparezcan nuevos grupos tiene que haber personas dispuestas a programarlos cuando todavía no llenan una sala. Tiene que haber promotorxs, técnicxs, sellos pequeños, fanzines, público y toda esa infraestructura precaria que normalmente nadie considera infraestructura porque no aparece en las fotografías institucionales.

EL UNDERGROUND NECESITA PAREDES

Hablar de okupas, centros sociales o espacios donde se organizan conciertos sin el formato habitual de una sala no debería sonar a arqueología urbana. Para cualquiera que lleve tiempo moviéndose por determinados circuitos de Barcelona, estos lugares forman parte de la escena y no tienen nada de fenómeno secreto o desconocido. Allí se han organizado durante años conciertos, fiestas, ensayos, talleres, exposiciones, proyecciones y todo tipo de actividades que difícilmente encuentran sitio en una sala convencional. En muchos de estos espacios ni siquiera existe el concepto tradicional de entrada: se propone una aportación, un precio orientativo o simplemente se deja que cada persona aporte lo que pueda. Si puedes poner más, pones más; si tienes menos, pones menos. No porque nadie tenga que pagar las facturas, sino porque existe otra lógica detrás: intentar que el dinero no sea la primera barrera para acceder a la música.

Eso también es cultura, aunque no siempre encaje demasiado bien en la idea de cultura que resulta cómoda para una ciudad que necesita justificarlo todo en términos de rentabilidad. Y, sobre todo, es una forma de entender la música que permite que sucedan cosas que difícilmente podrían suceder en un circuito convencional. Una banda que todavía no tiene público, un género minoritario, un grupo extranjero de gira con un presupuesto ridículo, un concierto experimental o una propuesta que todavía no sabe si tendrá recorrido necesitan precisamente esos espacios donde puedan existir antes de demostrar que funcionan. El underground sirve para eso: para que algo pueda ser pequeño, imperfecto, raro o directamente poco rentable y aun así tenga derecho a existir.

Porque si para tocar tienes que demostrar primero que eres rentable, muchas bandas jamás llegarán a tocar. Y si para organizar un concierto necesitas asumir desde el principio alquileres, seguros, condiciones y costes que solo pueden compensarse con un determinado número de entradas vendidas, buena parte de la música que no tiene una audiencia grande queda directamente fuera. No porque sea peor, sino porque todavía no tiene tamaño suficiente para entrar en el circuito que la ciudad considera viable.

PRIMERO DESAPARECE EL ESPACIO, DESPUÉS LA ESCENA

Cuando desaparece uno de estos lugares, es fácil pensar que simplemente hemos perdido una sala, un local o un edificio. Pero lo que se pierde es mucho más difícil de contabilizar. Desaparece el sitio donde una banda dio su primer concierto, el lugar donde alguien conoció a su futuro grupo, el espacio donde unx promotorx decidió arriesgarse con una banda que nadie conocía, el concierto al que alguien pudo entrar porque tenía la posibilidad de aportar cinco o diez euros y el local donde un grupo podía ensayar porque todavía podía permitirse pagar aquel alquiler. Todo eso forma parte de una escena, aunque ninguna de esas cosas aparezca después en las estadísticas culturales de la ciudad.

Y una escena no se puede reconstruir simplemente inaugurando un nuevo equipamiento cultural. Puedes poner un cartel precioso, contratar a unx programadorx, conseguir una subvención y llenar una agenda de actividades. Lo que no puedes fabricar tan fácilmente son las relaciones, los códigos, la confianza y la espontaneidad que hacen que una comunidad musical funcione. Ese es uno de los grandes problemas de la Barcelona actual: cada vez resulta más sencillo consumir cultura y más complicado producirla desde abajo.

Podemos comprar una entrada para un festival, ir a un gran concierto, pagar una cerveza a precio de festival y decir que Barcelona sigue teniendo una oferta cultural impresionante. Y seguramente la tenga. Pero eso no significa necesariamente que la ciudad siga siendo fértil para que aparezca la próxima banda que todavía no conocemos. Las grandes propuestas tienen capacidad para encontrar escenarios porque existe una industria alrededor que sabe cómo hacerlas circular. El problema está mucho más abajo, en todo aquello que tiene que ocurrir antes de que una banda pueda llegar a esos escenarios.

LAS OKUPAS TAMBIÉN SON PARTE DE LA ESCENA

Hay una tendencia bastante cómoda a hablar de las casas okupadas y los centros sociales como si fueran una especie de elemento pintoresco del paisaje urbano, algo que está ahí al margen de la ciudad real hasta que llega una orden de desalojo y entonces, de repente, se descubre que existían. No funciona así. En Barcelona, los espacios okupados y los centros sociales autogestionados han formado durante décadas parte de una red cultural y política que también ha generado conciertos, fiestas, ensayos, talleres, exposiciones, proyecciones y encuentros. No hace falta idealizarlos ni fingir que todos funcionan maravillosamente, porque evidentemente existen conflictos, problemas internos y situaciones difíciles, pero reducirlos a “un edificio okupado” es ignorar todo lo que sucede dentro.

Para determinados sectores de la música alternativa, además, han sido y siguen siendo espacios fundamentales porque permiten hacer cosas sin tener que pasar inmediatamente por una lógica comercial. Ofrecen una infraestructura que muchas veces no existe en otro sitio y pueden acoger una actividad que una sala convencional no considera rentable o que directamente no puede asumir. Cuando desaparecen, la alternativa no siempre es otra sala. Muchas veces no hay alternativa, y eso significa que desaparece una parte de la red que permitía que determinados músicos, colectivos y públicos se encontraran.

QUIÉN COMPRA LA CIUDAD

Aquí es donde la cuestión de la música se encuentra inevitablemente con la vivienda. Barcelona no solamente está perdiendo lugares donde tocar; está perdiendo lugares donde vivir, y ambas cosas están mucho más relacionadas de lo que parece. Cuando un edificio cambia de manos, cuando entra una sociedad inmobiliaria, un gran propietario, un fondo de inversión o cualquier otro actor con una capacidad económica muy superior a la de quienes ya viven en el barrio, cambia también el margen de posibilidades para quienes estaban allí. Pueden llegar subidas de alquiler, cambios de uso, rehabilitaciones, expulsiones o desahucios. En algunos casos, después de desalojar un edificio, este puede quedar vacío durante un tiempo mientras se decide cuál será su siguiente destino. No todos los desahucios son responsabilidad de un fondo buitre y no todos los edificios comprados por una empresa acaban vacíos, pero tampoco hace falta fingir que el problema no existe.

El resultado acumulado es bastante evidente: vivir en Barcelona cuesta cada vez más y eso afecta directamente a quienes hacen cultura. Unx músicx que tiene que dedicar casi todo su sueldo a pagar una habitación tiene menos posibilidades de ensayar; una banda que no puede pagar un local deja de ensayar o se marcha; un técnico que no puede permitirse vivir en la ciudad busca trabajo en otro sitio; unx promotorx que tiene que asumir alquileres disparados deja de organizar conciertos pequeños; y un público que cobra salarios locales mientras afronta precios de vivienda cada vez más altos tiene menos dinero disponible para conciertos. La precariedad no afecta solamente a la vivienda: también decide quién puede hacer música, cuánto tiempo puede dedicarle y cuánto puede arriesgarse a hacer algo que quizá nunca llegue a ser rentable.

Y SÍ, EL TURISMO TAMBIÉN FORMA PARTE DEL PROBLEMA

Es cierto que resulta demasiado cómodo convertir al turista en el enemigo universal. Una persona que viene tres días a Barcelona no ha provocado por sí sola la crisis de vivienda, ni tiene sentido atribuirle la responsabilidad de todas las decisiones urbanísticas tomadas durante décadas. Pero tampoco tiene sentido fingir que el turismo es completamente inocente. Viajar implica tomar decisiones y esas decisiones tienen consecuencias: importa cuándo se viaja, dónde se duerme, qué se consume y qué tipo de economía se está alimentando. También importa cuando alguien decide instalarse en Barcelona porque puede trabajar para una empresa extranjera cobrando un salario muy superior al que perciben muchas de las personas que ya viven aquí y, por tanto, puede pagar precios de vivienda que para otrxs son directamente inasumibles.

No es lo mismo venir de vacaciones que instalarse durante años con un sueldo que multiplica el de la gente que trabaja en la ciudad. No es lo mismo alojarse en un hotel que contribuir a convertir miles de viviendas en apartamentos turísticos. No es lo mismo venir a escuchar un concierto que llegar a un barrio porque resulta barato comparado con tu país de origen y asumir que todo lo que puedas pagar automáticamente te pertenece. La responsabilidad no está repartida a partes iguales —una persona que busca una habitación no tiene el mismo poder que una empresa que compra un edificio entero—, pero reconocer las estructuras no debería servir para borrar las decisiones individuales. Una ciudad no se transforma solamente desde los despachos; también se transforma con lo que estamos dispuestos a pagar por vivir en ella.

Y esto también afecta a la música. Si determinados barrios dejan de ser habitables para la gente que sostiene sus circuitos culturales, esos circuitos terminan debilitándose. El/la músicx que se marcha, el/la técnicx que ya no puede pagar el alquiler, el/la promotorx que deja de organizar conciertos porque necesita dos trabajos para sobrevivir o el público que ya no puede permitirse salir todas las semanas no aparecen cuando hablamos de las consecuencias del turismo, pero forman parte de ellas. Una escena musical no está formada únicamente por los escenarios: está formada por las personas que pueden permitirse estar allí.

EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE EL MERCADO

Y aquí quizá conviene ir un poco más allá de la crítica habitual al mercado. Porque sí, el dinero manda, pero el problema también está en una ciudad que ha ido aceptando que prácticamente todo tenga que justificarse en términos de rentabilidad, atractivo turístico, retorno económico o capacidad de consumo. Una pequeña sala puede no generar una fortuna y, sin embargo, ser fundamental para una escena musical. Un centro social puede no funcionar como una empresa cultural y, aun así, generar una enorme cantidad de actividad. Un concierto al que van treinta personas puede parecer económicamente insignificante y ser importantísimo para una banda que está empezando.

El problema es que esas cosas son difíciles de medir. Es mucho más sencillo contar entradas vendidas que contar cuántas bandas nuevas han salido de un circuito. Es más fácil calcular el impacto económico de un festival que saber cuántas personas comenzaron a tocar después de asistir a un concierto en un CSO. Es más fácil hablar de millones de turistas que medir cuántxs músicxs han tenido que marcharse porque ya no podían pagar un alquiler. La cultura que funciona desde abajo tiene esa desagradable costumbre de no aparecer bien en las hojas de cálculo, y quizá por eso es tan fácil ignorarla hasta que desaparece.

EL UNDERGROUND NO ES DECORACIÓN

Lo verdaderamente peligroso sería que Barcelona consiguiera conservar la estética del underground después de haber destruido sus condiciones materiales. Que tengamos campañas hablando de creatividad, fotografías de paredes llenas de carteles, festivales alternativos y grandes instituciones hablando de diversidad cultural mientras cada vez quedan menos lugares donde una persona pueda montar un concierto sin necesitar una inversión considerable. El underground no puede convertirse simplemente en una estética que la ciudad utiliza para venderse, porque el underground necesita precisamente aquello que una ciudad convertida en producto tiende a eliminar: espacios baratos, margen para experimentar, comunidades capaces de organizarse y cierta posibilidad de hacer cosas sin tener que demostrar inmediatamente cuánto dinero van a generar.

No podemos pedirle a una escena que sea innovadora mientras le quitamos los lugares donde puede experimentar. Y tampoco podemos pretender que la música alternativa aparezca espontáneamente en una ciudad en la que cada vez resulta más caro vivir, ensayar, organizar conciertos y desplazarse. Si todo el espacio disponible termina condicionado por el precio del alquiler, la presión inmobiliaria y la necesidad de obtener una rentabilidad determinada, lo que queda fuera no es solamente aquello que no puede pagar: también queda fuera aquello que todavía no sabemos si merece la pena.

¿DÓNDE TOCARÁ LA PRÓXIMA BANDA?

Esta debería ser una de las preguntas centrales cuando hablamos del cierre de espacios como Meteoro o La Deskomunal, así como órdenes de desalojo de okupas y CSOs. No solamente dónde habrá conciertos ahora, sino dónde tocará la próxima banda que todavía no conocemos. Porque las bandas grandes encontrarán escenarios: siempre habrá un festival, una sala grande, una promotora, un patrocinador o alguien dispuestx a pagar por ellas. El problema está en todo lo que viene antes. ¿Dónde tocará el grupo que acaba de empezar? ¿Dónde podrá tocar una banda de un género minoritario? ¿Dónde podrá actuar un grupo extranjero que pasa por Barcelona con un presupuesto ridículo? ¿Dónde podrá organizar alguien su primer concierto? ¿Dónde se conocerán músicxs que todavía no forman una banda? ¿Dónde podrá existir una escena antes de convertirse en una marca?

Si eliminamos todos esos lugares, después no podemos sorprendernos cuando la ciudad tenga cada vez menos música nueva. Porque el talento no aparece mágicamente en los grandes escenarios. Necesita espacios pequeños donde pueda desarrollarse, públicos que puedan descubrirlo y personas dispuestas a asumir el riesgo de programarlo cuando todavía no hay ninguna garantía de que vaya a funcionar.

NO TODO TIENE QUE SER RENTABLE

Una ciudad culturalmente viva necesita espacios que no funcionen como negocios convencionales. Necesita salas pequeñas, locales de ensayo, asociaciones, centros sociales, espacios autogestionados y modelos cooperativos. Necesita políticas de vivienda que permitan a músicxs, técnicxs, promotorxs y trabajadorxs culturales seguir viviendo en la ciudad. Necesita edificios vacíos que puedan tener usos culturales y comunitarios y necesita entender que determinados espacios no son simplemente negocios privados, sino parte de la infraestructura que permite que exista una escena.

Eso implica proteger espacios pequeños, facilitar locales de ensayo, reservar usos culturales para determinados inmuebles, apoyar modelos autogestionados y cooperativos, intervenir cuando determinados barrios están siendo expulsados por la presión inmobiliaria y entender que la vivienda también es política cultural. Porque si lxs músicxs no pueden vivir en una ciudad, difícilmente podrán construir una escena allí. Y si quienes organizan conciertos, trabajan en ellos o acuden a ellos tampoco pueden permitirse vivir cerca, tarde o temprano la escena se deshace aunque los carteles de los festivales sigan anunciando una ciudad culturalmente vibrante.

EL UNDERGROUND NO SE PUEDE FABRICAR

Barcelona puede seguir teniendo grandes festivales, conciertos internacionales y una agenda cultural aparentemente infinita. Puede seguir vendiéndose como ciudad creativa y musical. Puede seguir llenando sus redes sociales de fotografías de conciertos y hablando de innovación, diversidad y cultura. Pero si desaparecen los espacios donde las cosas empiezan, estaremos conservando el escaparate mientras destruimos la tienda.

El underground no se puede fabricar desde arriba. No se puede contratar una escena, no se puede crear mediante una campaña de marketing y tampoco aparece porque una institución decida que ahora toca tener una escena alternativa. Las escenas aparecen cuando existe un lugar donde juntarse, tocar, ensayar, discutir, equivocarse y volver a intentarlo. Necesitan tiempo, vivienda, espacios asequibles y personas que puedan permitirse dedicar parte de su vida a algo que quizá nunca llegue a convertirse en un negocio.

Por eso el cierre de Meteoro no debería convertirse simplemente en otro ejercicio de nostalgia. No se trata de decir que antes todo era mejor ni de convertir cualquier espacio alternativo en un lugar sagrado por el mero hecho de ser alternativo. Se trata de entender qué estamos perdiendo cuando desaparecen estos lugares y qué tipo de ciudad estamos construyendo (o destruyendo) mientras los perdemos.

Porque cada vez que desaparece un espacio de este tipo, Barcelona pierde una pequeña parte de su capacidad para producir algo que no estaba previsto. Y quizá ese sea precisamente el problema. Que el underground molesta porque no siempre pide permiso, no siempre puede pagar y no siempre sabe de antemano qué va a hacer. Molesta porque no siempre es rentable, porque no siempre es bonito, porque no siempre es ordenado y porque no siempre encaja en la fotografía que una ciudad quiere enseñar de sí misma.

Pero precisamente por eso lo necesitamos.

Una ciudad que quiere seguir siendo culturalmente relevante no debería preguntarse solamente cuánto dinero puede generar su cultura. Debería preguntarse cuánta cultura está dispuesta a dejar existir aunque todavía no genere dinero, aunque no atraiga turistas, aunque no pueda venderse como experiencia y aunque simplemente consista en treinta personas metidas en una habitación escuchando a una banda que dentro de unos años quizá ni siquiera recuerden.

Porque de ahí es de donde salen las escenas.

Y cuando ya no quede sitio para eso, Barcelona podrá seguir teniendo conciertos, festivales, grandes salas y una agenda cultural espectacular. Podrá seguir vendiéndose como una de las grandes ciudades culturales de Europa.

Lo que quizá ya no tenga sea underground.

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