ARTÍCULO: 11-N. Antisistema los días pares
Hay algo profundamente punk en plantarse y decir que hasta aquí hemos llegado. También hay algo bastante punk en trabajar 40 horas semanales para seguir siendo pobre, no poder pagar un alquiler sin hacer malabarismos y descubrir que tu mayor aspiración vital es dormir ocho horas seguidas sin que el banco, el casero o una notificación del trabajo interrumpan el sueño. Lo que ya tiene bastante menos glamour es intentar mantener una banda, organizar conciertos o editar discos mientras tu cuenta corriente te devuelve una mirada de desprecio. Porque resulta que el rock’n’roll no paga las facturas. Qué decepción.
Ayer me encontré con una publicación de alguien de una banda de la escena local posicionándose en contra de la huelga general del próximo 11 de noviembre. Y me hizo pensar. No tanto por el hecho de que alguien tenga una opinión diferente, sino por la contradicción que supone defender determinadas ideas cuando hablamos de música y rechazarlas cuando afectan a nuestra vida cotidiana. Porque, si las reivindicaciones de esta huelga afectan a buena parte de la población, ¿de verdad pensamos que quienes formamos parte del underground vivimos en una dimensión paralela? ¿O es que alguien ha descubierto una fórmula secreta para pagar el alquiler con un riff pegadizo?
El 11N secundamos la huelga general porque trabajar no debería ser una condena a la precariedad, porque tener una vivienda digna no tendría que ser un privilegio y porque cobrar un sueldo no debería implicar tener que elegir entre llenar la nevera, pagar las facturas o permitirte algún pequeño capricho. No hace falta ser economista ni haberse leído a Marx entre disco y disco de Napalm Death para entenderlo. Basta con intentar independizarse, pagar un alquiler o comprobar cuánto cuesta hacer la compra.
Y aquí es donde la cuestión nos toca directamente. Porque el underground también tiene que comer. Las bandas están formadas por personas que trabajan, estudian, cuidan, pagan facturas y hacen auténticos encajes de bolillos para encontrar un par de horas de ensayo. Las salas tienen alquileres, electricidad, seguros y licencias. Las promotoras pequeñas adelantan dinero que quizá recuperen, o quizá no. Los sellos independientes sobreviven con tiradas pequeñas, distribuciones complicadas y una fe casi religiosa en que todavía habrá alguien dispuestx a comprar un vinilo.
¿Y las bandas? Hay quien sale del trabajo, se va directamente al local, ensaya hasta las once de la noche y al día siguiente vuelve a fichar como si no hubiera pasado nada. Hay quien pide vacaciones para salir de gira, pierde dinero por tocar fuera o directamente no puede aceptar determinados conciertos porque no puede permitirse faltar al trabajo. Hay quien lleva años queriendo grabar un disco, pero entre el alquiler, los gastos cotidianos y la falta de tiempo, ese proyecto acaba acumulando polvo en una carpeta del ordenador. Y luego está quien tiene que elegir entre pagar el local de ensayo o renovar las cuerdas. Una elección que no aparece en ninguna letra de heavy metal, pero que probablemente sea bastante más habitual que encontrar un contrato discográfico.
La autogestión es maravillosa, sí. Hasta que se convierte en una forma elegante de llamar al trabajo gratuito. Hazlo tú mismo, decían. Graba tú mismo, diseña tú mismo, promociona tú mismo, organiza la gira tú mismo, carga la furgoneta tú mismo y, si sobra tiempo, duerme tú mismo. El DIY puede ser una herramienta de independencia, pero también puede acabar convirtiéndose en quince trabajos diferentes sin cobrar por ninguno. Todo por amor a la música, esa moneda de cambio que algunxs parecen considerar suficiente para pagar facturas. Spoiler: el casero no acepta discos de siete pulgadas.
Por eso resulta especialmente curioso que todavía haya quien considere que las reivindicaciones laborales o el acceso a la vivienda son asuntos ajenos a la escena. ¿De qué sirve presumir de espíritu underground si cada vez resulta más difícil mantener un local de ensayo, alquilar una sala, organizar un concierto o simplemente disponer de tiempo y dinero para tocar? La precariedad no se queda en la puerta del local cuando llegamos con la guitarra al hombro. Entra con nosotres, se sienta en el sofá y probablemente también se bebe nuestra última cerveza.
Y aquí aparece otra contradicción bastante divertida, si no fuese porque tiene consecuencias reales. Llevamos décadas escuchando a bandas que han convertido la crítica social en parte fundamental de su identidad. Sepultura nos han hablado de resistencia, conflictos y estructuras de poder en canciones como «Refuse/Resist» o «Territory». Sacred Reich llevan desde «The American Way» cuestionando las desigualdades y a quienes concentran el poder. Black Sabbath ya denunciaban en «War Pigs» a quienes toman decisiones desde arriba mientras otras personas sufren las consecuencias. Y Napalm Death han construido buena parte de su trayectoria sobre un discurso antiautoritario, político y profundamente crítico con el orden establecido.
Pero parece que todo eso está muy bien mientras suene por los altavoces. Puedes llevar cuarenta años cantando contra el capitalismo, lucir una camiseta con un mensaje revolucionario y levantar el puño en el estribillo. Lo que ya no gusta tanto es que alguien proponga organizarse colectivamente para reclamar mejores salarios, vivienda asequible o condiciones de vida dignas. Ahí empiezan los problemas: que si la política, que si los sindicatos, que si las huelgas no sirven para nada, que si cada cual debería buscarse la vida…
Pues precisamente de eso va la cuestión: de que llevamos demasiado tiempo buscándonos la vida individualmente y cada vez resulta más complicado conseguirlo. Quizá el problema no sea que la música se haya politizado demasiado, sino que nunca hemos prestado demasiada atención a lo que estábamos escuchando.
Tampoco se trata de convertir cada concierto en una asamblea, ni de exigir que todas las bandas escriban letras sobre conflictos laborales. No necesitamos un manifiesto antes de cada breakdown ni que alguien reparta octavillas entre el puesto de merchandising y la barra. Pero sí convendría entender que la escena no existe al margen de las condiciones materiales de quienes la construyen. Una cultura independiente necesita personas con tiempo, recursos y unas condiciones de vida que les permitan participar en ella. Y eso también es una reivindicación que nos afecta.
Por supuesto, el 11N no va a solucionar todos estos problemas de un día para otro. Una huelga no es un botón mágico que haga desaparecer los alquileres abusivos, la precariedad o las desigualdades. Y también hay que tener presente que no todo el mundo puede permitirse hacer huelga. Para muchas personas, perder un día de sueldo supone un problema importante, y quienes tienen contratos precarios, trabajos especialmente vulnerables o responsabilidades que no pueden dejar de atender se encuentran en una situación todavía más complicada. No se trata de señalar a quien no pueda secundarla, sino de entender precisamente por qué hacen falta unas condiciones de vida y laborales que no nos obliguen a elegir entre defender nuestros derechos y poder pagar las facturas. La huelga es una herramienta para visibilizar los conflictos, demostrar fuerza colectiva y reclamar cambios. Y el trabajo no termina cuando acaba la jornada de huelga: hay que seguir organizándose, participando, apoyando las reivindicaciones y manteniendo la presión. Los derechos no aparecen por generación espontánea ni se mantienen solos. Mucho menos si después de un día de movilización volvemos a casa y dejamos que todo siga exactamente igual.
Al final, quizá la pregunta no sea si el underground puede permitirse hacer huelga, sino cuánto tiempo más puede permitirse no hacer nada mientras desaparecen las salas, cierran los locales de ensayo, las bandas se quedan sin tiempo y quienes sostienen la escena tienen que elegir entre tocar o pagar el alquiler.
Porque una cosa es vivir al límite por amor al rock’n’roll y otra muy distinta es que el sistema económico haya descubierto que tu pasión es una excelente excusa para pagarte una mierda. La precariedad no es una estética, el agotamiento no es una medalla y la pobreza no convierte automáticamente a nadie en más auténticx.
Así que el 11N toca algo más que poner un disco reivindicativo, compartir una frase incendiaria o lucir nuestra camiseta favorita de Napalm Death. Toca entender que las condiciones de vida también forman parte de la lucha por mantener viva una escena que tanto nos gusta.
Porque no tiene mucho sentido cantar contra el sistema mientras se defiende que todo siga exactamente igual. Aunque, eso sí, siempre podemos sacar una edición limitada en vinilo de color para celebrarlo. A 35 euros, gastos de envío no incluidos.
