ARTÍCULO: Callar también es política
O de cómo algunos quieren que el mundo desaparezca durante dos horas, siempre que no sea su mundo el que está ardiendo.
Hay una criatura especialmente fascinante dentro de la fauna metalera: el defensor de la neutralidad. Se reconoce fácilmente por su camiseta de una banda que escribió una canción sobre la guerra, su devoción casi religiosa por la libertad de expresión y su extraordinaria capacidad para descubrir que la política es un problema únicamente cuando alguien la menciona en voz alta. Para él, el metal es resistencia, rebeldía, oscuridad, libertad y destrucción de las convenciones sociales. Todo muy bonito. Eso sí, siempre que nadie se atreva a cuestionar las convenciones sociales que le resultan cómodas.
Porque una cosa es escuchar a tu banda favorita hablar sobre la guerra, la manipulación, la violencia institucional o la deshumanización, y otra muy distinta es que alguien te recuerde que esas cosas siguen sucediendo cuando termina el concierto y se encienden las luces. Ahí ya no estamos hablando de música, por lo visto. Ahí estamos «metiendo la política donde no toca».
Y, al parecer, tampoco toca en un concierto de Metallica.
La polémica en torno a James Hetfield y su defensa del concierto como un espacio para desconectar de la realidad vuelve a poner sobre la mesa una de las contradicciones más deliciosas de nuestra querida escena: ¿cómo puede un género que lleva décadas alimentándose de la rabia, la alienación, la guerra, la injusticia y la rebelión pretender que todo eso desaparezca cuando alguien decide hablar de política?
No se trata de exigir que Hetfield se convierta en un activista, que Metallica interrumpa cada solo de guitarra para ofrecer una conferencia sobre geopolítica o que el público tenga que superar un examen de conciencia antes de corear …And Justice for All. Se trata de algo bastante más sencillo, aunque aparentemente mucho más difícil de digerir: reconocer que la música no existe en el vacío y que, cuando alguien afirma que el metal debe mantenerse al margen de la política, convendría preguntarse al margen de qué, exactamente, y a costa de quién.
Porque, queridxs defensorxs de la neutralidad, tenemos una noticia: decir en un escenario que no vas a hablar de política también es una decisión política. Y lo más divertido es que ni siquiera hace falta enchufar la guitarra para demostrarlo.
El pequeño detalle de anunciar que no vas a hablar de política
Imaginemos la escena. Un artista se planta ante miles de personas, agarra el micrófono y anuncia que no ha venido a hablar de política, que la música debe unirnos y que el concierto es un espacio para olvidarnos de todo lo que sucede ahí fuera.
Aplausos. Ovación. Quizá algún comentario sobre lo necesario que es dejar las diferencias a un lado. Y, por supuesto, una legión de seguidorxs dispuestxs a celebrar que su ídolo se mantenga al margen de las controversias.
Pero esperad un momento. Si el objetivo es simplemente tocar, ¿por qué anunciar que no vas a hablar de política? ¿No bastaba con coger la guitarra y empezar el siguiente tema?
Evidentemente, unx músicx puede decidir qué quiere decir desde el escenario. Puede hablar de política, de fútbol, de sus problemas con el insomnio o de lo mucho que le cuesta encontrar unos pantalones de cuero que no le estrangulen las partes nobles. También puede no decir absolutamente nada entre canción y canción. Faltaría más.
El problema aparece cuando la decisión individual de no pronunciarse se presenta como si fuera una posición universalmente superior, como si hablar de política contaminara automáticamente la experiencia musical y como si quienes deciden utilizar su plataforma para denunciar una injusticia estuvieran cometiendo una especie de sacrilegio contra el espíritu del metal.
Porque no es lo mismo defender el derecho a no dar discursos políticos que proclamar que la política no tiene cabida en un concierto. Lo primero es una elección personal. Lo segundo es una afirmación sobre qué conversaciones deberían poder tener lugar en un espacio compartido.
Y ahí está la trampa de la neutralidad: pretende presentarse como ausencia de posicionamiento cuando, en realidad, también establece límites sobre lo que se considera aceptable decir.
Esto no significa que cada silencio sea una forma de complicidad, ni que debamos interpretar cualquier decisión artística como una declaración ideológica encubierta. La gente calla por muchos motivos: cansancio, prudencia, desinterés, estrategia comercial o, sencillamente, porque ha pagado una banda de músicos para tocar y no para escucharles hablar durante veinte minutos. Todo legítimo.
Pero el silencio tampoco es una categoría mágica que coloca a quien lo practica por encima de cualquier debate. No pronunciarse sobre un asunto no significa que ese asunto haya dejado de existir. Y anunciar públicamente que unx no va a pronunciarse es, precisamente, pronunciarse sobre el lugar que quiere concederle.
El escenario no deja de ser político porque el/la cantante prometa no hablar de política. Solo deja de hablarse de ella en voz alta.
Y esa diferencia importa.
La neutralidad: ese maravilloso privilegio de quienes no tienen que preocuparse
Imaginemos otra escena. Miles de personas reunidas en un estadio, luces, amplificadores, cerveza a precio de pequeño préstamo hipotecario y un señor que lleva décadas cantando sobre el control, la violencia y la destrucción. Durante un par de horas, el público puede olvidarse de sus problemas, cantar hasta quedarse sin voz y sentir que forma parte de algo más grande que su rutina diaria.
Perfecto. Maravilloso. Para eso también están los conciertos.
El problema empieza cuando la legítima necesidad de evadirse se transforma en una exigencia colectiva de silencio. Porque una cosa es querer descansar de las noticias, de los conflictos y de una actualidad que parece escrita por unx guionista con una preocupante fascinación por el apocalipsis; otra es pretender que nadie tenga derecho a hablar de ello en un escenario.
La evasión puede ser una necesidad. La neutralidad, en cambio, no siempre es tan inocente como nos gusta imaginar.
Para algunas personas, desconectar de la política significa no leer noticias durante el fin de semana. Para otras, significa poder dejar de pensar durante unas horas en si podrán pagar el alquiler, si su familia está a salvo, si podrán acceder a determinados derechos o si tendrán que soportar otra jornada de discriminación, acoso o violencia. No todas las personas tienen la misma relación con esa supuesta realidad exterior de la que tanto deseamos escapar.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quién puede permitirse considerar la política una molestia?
Quien nunca ha tenido que preocuparse demasiado por el efecto que una decisión política puede tener sobre su existencia probablemente pueda contemplarla como un ruido de fondo. Quien ve sus derechos cuestionados, su identidad convertida en arma electoral o su propia seguridad sometida a debate quizá tenga más dificultades para separar la vida de aquello que la condiciona.
La política no es solamente un señor con corbata hablando desde un atril. Es también quién tiene derechos, quién puede ejercerlos, quién recibe protección, quién queda desamparadx y quién decide qué vidas merecen ser defendidas.
Pero claro, todo esto resulta bastante incómodo para quienes preferirían que el metal fuera una burbuja herméticamente sellada, una especie de parque temático de la rebeldía en el que podemos vestirnos de forajidxs, gritar contra el sistema y regresar después a casa sin que nada de lo que hemos escuchado nos obligue a pensar demasiado.
La rebeldía es estupenda mientras no exija responsabilidades. La revolución, mejor si termina antes de que llegue el último tren.
Metallica y el pequeño inconveniente de sus propias canciones
No hace falta ser unx expertx en teoría política para detectar cierta ironía en esta discusión. Basta con haber escuchado algunos discos de Metallica.
Master of Puppets aborda la manipulación y la pérdida de autonomía. Disposable Heroes retrata la maquinaria militar y la utilización de soldados como piezas prescindibles. One nos coloca ante las consecuencias devastadoras de la guerra y la deshumanización de un cuerpo convertido en instrumento de destrucción. …And Justice for All cuestiona la corrupción y las desigualdades de la justicia. Y The Shortest Straw remite a la persecución y la exclusión en un contexto de sospecha política.
No estamos precisamente ante una colección de canciones sobre gatitos, vacaciones en la playa y la importancia de mantener una actitud positiva ante los lunes.
Metallica lleva décadas ofreciendo material que permite reflexionar sobre el poder, la violencia, la alienación y las estructuras que aplastan al individuo. ¿Significa eso que cada canción debe interpretarse como un manifiesto político cerrado? Evidentemente, no. El arte admite contradicciones, ambigüedades y lecturas distintas. Una canción puede tener múltiples significados, y nadie necesita convertir cada escucha en una asamblea.
Pero resulta curioso que algunas personas quieran celebrar la profundidad de estas composiciones y, al mismo tiempo, se incomoden cuando alguien conecta sus temas con el mundo real.
La guerra es un concepto magnífico para una letra. La injusticia queda estupenda en un riff. La manipulación funciona de maravilla cuando se acompaña de una batería contundente. Pero, por favor, no nos expliquen cómo esas cosas se relacionan con la actualidad, que hemos venido a disfrutar de la música.
¿De verdad?
No se trata de acusar a Metallica de hipocresía por querer ofrecer un espectáculo centrado en la música. Una banda tiene derecho a decidir qué dice y qué no dice sobre un escenario. El público, por su parte, tiene derecho a acudir a un concierto sin esperar una declaración política de sus músicxs favoritxs.
Lo que resulta discutible es convertir esa preferencia legítima en una norma universal según la cual la política debe permanecer fuera de los espacios musicales. Y, todavía más, utilizar la idea de neutralidad para descalificar a quienes deciden pronunciarse.
Porque si una canción puede hablar de los mecanismos del poder, también puede hacerlo una persona entre canción y canción. Si una banda puede denunciar la guerra en sus letras, otra puede condenar una guerra contemporánea desde el escenario. Y si un artista prefiere no hacerlo, está en su derecho. La libertad artística funciona en ambas direcciones, no solamente cuando confirma nuestras preferencias.
La cuestión no es obligar a todo el mundo a hablar. Es dejar de fingir que quien decide callar está necesariamente por encima de la política.
El metal es contracultural. Hasta que deja de convenirle.
El metal ha construido buena parte de su identidad alrededor de la oposición a lo establecido. Ha dado voz a la alienación, la angustia, la marginalidad, la desconfianza hacia la autoridad y el rechazo de las normas sociales. Ha explorado la religión, la guerra, el autoritarismo, la explotación y las miserias de la condición humana.
Por supuesto, no todas las bandas hacen lo mismo. El metal es demasiado diverso para reducirlo a una única ideología, y sería absurdo pretender que compartir un género musical implica compartir una visión política del mundo. Hay metal progresista, conservador, reaccionario, libertario, feminista, antiautoritario y también metal que prefiere concentrarse en la fantasía, el horror o la mitología.
Precisamente por eso, la diversidad de perspectivas no debería confundirse con la ausencia de consecuencias políticas.
Una escena cultural puede albergar ideologías distintas sin tener que fingir que ninguna importa. Lo verdaderamente preocupante no es que haya desacuerdos, sino que determinadas personas pretendan establecer qué asuntos pueden discutirse y cuáles deben permanecer fuera de la conversación para no estropear la experiencia de nadie.
Y aquí es donde aparece el guardián de la ortodoxia apolítica. Ese individuo que se presenta como defensor de la libertad, pero que parece experimentar una alergia selectiva cuando otras personas ejercen esa misma libertad para hablar de feminismo, racismo, fascismo, derechos LGTBIQ+, desigualdad o conflictos internacionales.
Si una banda canta sobre demonios, sangre y destrucción, todo bien. Si habla de una injusticia concreta, entonces está adoctrinando.
Si una portada representa un campo de batalla, es arte. Si alguien levanta una bandera para denunciar el sufrimiento de una población, está politizando el concierto.
Si unx cantante lleva cuarenta años construyendo una imagen de rebelde, se le considera auténticx. Si otra persona utiliza su plataforma para cuestionar una estructura de poder, se le acusa de buscar atención.
Curiosa definición de libertad, ¿verdad? Parece que consiste en poder decir cualquier cosa siempre que no incomode a quienes están acostumbradxs a no sentirse incómodxs.
La supuesta neutralidad puede convertirse así en una herramienta de control cultural. No porque todo silencio sea una forma de complicidad, sino porque exigir silencio a lxs demás también es una manera de ejercer poder.
Y no hay nada más conservador que defender que las cosas sigan exactamente como están mientras se proclama que unx está en contra del sistema.
La neutralidad también tiene clase social
La política del metal no termina en las letras ni en las identidades de quienes lo escuchan. También está en la industria que lo sostiene.
Está en el precio de las entradas, en el coste del transporte, en la precariedad de quienes trabajan en las salas, en las condiciones de las bandas pequeñas y en la concentración de recursos en los grandes circuitos. Está en quién puede permitirse seguir una gira, comprar discos, pagar alojamiento y dedicar tiempo a una afición que cada vez puede resultar más cara.
Cuando una banda llena estadios, vende millones de discos y convierte su nombre en una marca global, tiene una posición muy distinta de la de un grupo underground que organiza conciertos en locales pequeños, imprime sus propias camisetas y trata de recuperar el dinero de la gasolina.
No significa que las grandes bandas deban utilizar cada aparición pública para denunciar el capitalismo. Tampoco significa que el éxito económico invalide automáticamente sus opiniones. Significa, sencillamente, que las condiciones materiales importan.
El mercado puede convertir la rebeldía en un producto perfectamente rentable. Puedes comprar una camiseta con un mensaje contra el sistema fabricada en condiciones que nunca conocerás, pagar una fortuna por una entrada para escuchar canciones sobre la alienación y consumir una estética de resistencia mientras todo alrededor te invita a no cuestionar absolutamente nada.
El capitalismo no tiene ningún problema con la rebeldía cuando puede ponerle un precio.
De hecho, probablemente tenga un problema mayor con quienes no pueden permitirse consumirla.
Y aquí vuelve la pregunta inicial: ¿quién puede permitirse decir que el metal no es político? Quizá quien puede separar con relativa facilidad su identidad musical de las condiciones sociales que determinan su vida. Quizá quien nunca ha sentido que su existencia se convierte en un asunto de debate público. Quizá quien puede entrar en una sala, disfrutar de un concierto y volver a casa sin preguntarse si ese espacio también está pensado para personas como elle.
No todas las personas viven esa experiencia de la misma manera. Por eso, presentar la neutralidad como una posición universal es ignorar que la posibilidad de desentenderse de determinados problemas también depende de la situación de cada cual.
La política no desaparece porque alguien decida no mirarla. Simplemente, deja de ser visible para esa persona.
No necesitamos sermones. Necesitamos honestidad.
Llegadxs a este punto, conviene aclarar algo: no necesitamos que todxs lxs músicxs sean portavoces políticxs. No necesitamos convertir cada concierto en un mitin ni exigir a cada artista que publique un comunicado sobre todos los acontecimientos del planeta. Tampoco necesitamos medir la calidad de una canción por la corrección ideológica de quien la interpreta.
La música puede ser refugio, evasión, entretenimiento, catarsis o una experiencia puramente estética. Puede acompañarnos sin que tengamos que compartir todas las opiniones de quienes la crean. Podemos disfrutar de una banda y discrepar de sus integrantes. Podemos escuchar una canción sin convertirla en un tratado filosófico.
Y, por supuesto, una persona puede querer dos horas de descanso sin que eso la convierta en una insensible.
Pero existe una diferencia enorme entre defender el derecho a la evasión y exigir que lxs demás renuncien a expresarse. Entre preferir que un concierto no tenga discursos políticos y sostener que la política no debería aparecer nunca en un concierto. Entre respetar la decisión de una banda de guardar silencio y considerar que cualquier banda que hable de determinados asuntos está arruinando la experiencia colectiva.
La libertad no consiste en que nadie nos incomode. Consiste también en aceptar que otras personas pueden utilizar esa misma libertad de maneras que no nos gustan.
Si James Hetfield quiere que un concierto sea un espacio de desconexión, puede defenderlo. Si otra banda quiere hablar de la guerra, de la represión o de los derechos humanos, también puede hacerlo. El público decidirá qué propuestas le interesan, y ninguna de ellas necesita justificar su existencia ante una policía imaginaria de la neutralidad.
Lo que sí merece una reflexión es la contradicción de reivindicar un género nacido, en parte, de la necesidad de cuestionar el mundo y después pedir que ese mundo no se mencione demasiado.
Porque el metal no tiene la obligación de ser progresista, revolucionario ni moralmente ejemplar. Pero tampoco tiene ninguna necesidad de fingir que es apolítico para resultar auténtico.
La autenticidad no consiste en repetir que estás contra el sistema. Consiste, como mínimo, en reconocer las contradicciones que existen entre tus discursos, tus decisiones y el mundo que contribuyes a construir.
Y eso vale tanto para una banda de culto que toca ante cincuenta personas como para una institución musical que reúne a decenas de miles.
Reflexión final: el mundo no desaparece cuando empieza el concierto
Quizá el verdadero problema no sea que el metal se politice demasiado, sino que algunas personas siguen creyendo que solo es político cuando alguien verbaliza una opinión que les incomoda.
Durante décadas, el género ha hablado de guerras, dictaduras, religión, explotación, alienación, violencia y poder. Ha utilizado la distorsión para expresar frustraciones que no siempre cabían en el lenguaje cotidiano. Ha construido universos enteros alrededor de la rebelión y la resistencia. Y, sin embargo, todavía hay quien considera que hablar de política en un concierto es una especie de sacrilegio.
No deja de tener su gracia.
Hemos convertido la oscuridad en estética, la rabia en mercancía y la rebeldía en una identidad que puede comprarse por entregas. Nos ponemos camisetas de bandas que cuestionan la autoridad mientras buscamos autoridades musicales que nos digan qué opiniones son aceptables. Celebramos la libertad de expresión hasta que alguien la utiliza para denunciar una injusticia que preferiríamos no discutir.
Y después nos sorprendemos de que exista una contradicción.
El metal no es una ideología única, ni tiene que serlo. No todas las bandas deben hablar de política, y no todas las personas necesitan hacerlo en todo momento. Pero afirmar que el género es apolítico supone ignorar su historia, sus contextos y las condiciones materiales en las que se crea, se interpreta y se consume.
La cuestión nunca ha sido obligar a todo el mundo a levantar el puño por la misma causa. La cuestión es quién pretende decidir cuándo puede levantarse ese puño y cuándo debe quedarse quieto para no incomodar a nadie.
Así que sí, disfrutemos de los conciertos. Gritemos los estribillos, perdamos la voz, hagamos headbanging hasta que nos duela el cuello y olvidémonos durante un rato de las obligaciones cotidianas. La música tiene ese poder y no hay ninguna razón para despreciarlo.
Pero no confundamos el refugio con una burbuja, ni el descanso con el silencio obligatorio. Y, sobre todo, no confundamos la libertad de no hablar de política con el derecho a declarar que la política no existe.
Porque mientras algunxs quieren que el mundo desaparezca durante dos horas, hay quienes no tienen esa opción. Para algunas personas, lo que sucede fuera del recinto no es un molesto ruido de fondo, sino la realidad que determina sus derechos, su seguridad y sus posibilidades de vivir con dignidad.
Y quizá ahí esté la diferencia entre quienes consideran el metal una forma de resistencia y quienes solo quieren llevar puesta la estética de la resistencia.
La primera puede obligarte a mirar aquello que preferirías no ver. La segunda te permite comprar una camiseta, corear un estribillo y regresar a casa convencidx de que eres un rebelde porque llevas cuarenta años escuchando canciones contra el sistema.
En cualquier caso, tranquilxs: nadie va a obligaros a escuchar un discurso político en cada concierto.
Pero tampoco podéis exigir que el resto del mundo permanezca en silencio para que vuestra desconexión sea perfecta.
Puedes apagar el micrófono, bajar el volumen y pedir que nadie hable de política. Lo que no puedes hacer es convencer al mundo de que, mientras tú callas, ha dejado de existir.
Porque el silencio también ocupa espacio. En un escenario, también comunica. Y anunciar que no vas a hablar de política no te convierte en alguien ajeno a ella: simplemente deja claro qué has decidido hacer con tu voz.
