CRÓNICAS: El cierre del viaje: Saurom en Tarragona
Domingo por la tarde y tercera y última parada de Saurom en tierras catalanas durante este fin de semana.
En esta ocasión, el concierto tenía un horario más temprano de lo habitual. Con el inicio previsto para las 19:30 horas, muchos asistentes agradecieron que la cita se celebrara a una hora más cómoda tratándose de un domingo.
El viaje hasta Tarragona suponía recorrer algo más de cien kilómetros, por lo que, tras la comida, tocaba preparar mi equipo de cazar momentos y poner rumbo a la ciudad para vivir una última noche mágica.
La sala elegida para la ocasión se encontraba en pleno casco antiguo de Tarragona, escondida entre las estrechas calles del centro histórico. Un recinto de dimensiones reducidas que iba a acoger el cierre de un intenso fin de semana de conciertos.
Aunque todavía faltaba más de una hora para la apertura de puertas, ya comenzaban a verse los primeros fans esperando a las puertas de la sala. Entre ellos había muchas caras conocidas, aficionados que habían acompañado a la banda durante los días anteriores y que volvíamos a encontrarnos en esta última cita.

Con el paso de los minutos, la cola fue creciendo poco a poco. Los asistentes buscaban asegurarse una buena posición dentro del recinto mientras hacían comentaros sobre los conciertos de los días anteriores y esperaban el momento de volver a disfrutar de Saurom sobre el escenario.
Una vez dentro de la sala, lo primero que llamó mi atención fue el tamaño del escenario. Una tarima pequeña, elevada apenas unos cincuenta centímetros del suelo, que hacía que todo fuera mucho más cercano de lo habitual. Además, varias columnas de gran tamaño repartidas por la sala obligaban al público a distribuirse por los laterales. A simple vista, la sala parecía más preparada para albergar conciertos de bandas locales que para recibir a una formación como Saurom. Y precisamente eso fue lo que empezó a ponerme algo nerviosa.
Después de tantos años siguiendo a la banda, aunque siempre se han caracterizado por su cercanía con los seguidores y he tenido la suerte de poder tomarme fotos con ellos fuera de las actuaciones, verlos actuar a tan poca distancia sigue siendo una sensación especial. En un espacio tan reducido, la conexión entre artista y público se vuelve mucho más directa. Durante unos instantes, todo lo que ocurre alrededor pasa a un segundo plano y la atención se centra únicamente en lo que sucede sobre el escenario, verlos tocar tan cerca era casi como si lo hicieran para ti sola, el mundo desaparece en un instante y solo son ellos y tu, no existe nadie más.

El repertorio que sonó fue exactamente el mismo que en Girona; El Prólogo, hizo que en la sala las conversaciones fueran desapareciendo poco a poco mientras el escenario comenzaba a cubrirse con una ligera capa de humo. La sala quedó prácticamente a oscuras, rota únicamente por la luz de la pantalla LED situada al fondo del escenario, donde se proyectaban imágenes relacionadas con las canciones que iban sonando.
Poco a poco, los miembros de Saurom fueron apareciendo sobre el escenario y ocupando sus posiciones ante un público que ya estaba completamente entregado desde el primer momento y que les recibía entre fuertes aplausos.
Con los primeros acordes de El Principito, la reacción del público fue inmediata. La sala estalló en canticos a pleno pulmón.

Todo se sentía más cercano, más vivo. Quizá fuera la combinación de la proximidad del escenario, el entusiasmo de los asistentes y la energía que transmitía el grupo, pero había algo especial en el ambiente. De esas sensaciones que se viven en un concierto y que luego cuesta encontrar las palabras adecuadas para describir. Solo logro recordar que se vivió muy distinto a lo que estoy acostumbrada. Fue como un concierto antagonista al acústico del día anterior. Aquel cálido, intimo, tierno y alegre. Este enérgico, emocionante y vibrante.
La conexión entre la banda y el público se mantuvo constante durante todo el concierto. Tanto los temas más veteranos, como Músico de Calle, La Batalla de los Cueros de Vino o La Leyenda de Gambrinus, como las canciones más recientes, entre ellas No Seré Yo, Baobabs o El Farolero, fueron recibidas con el mismo entusiasmo.
No importaba si se trataba de un clásico del repertorio o de una composición más actual; cada canción era coreada por gran parte de los asistentes, que acompañaron a la banda de principio a fin sin que la intensidad decayera en ningún momento.

Desapareció la banda del escenario durante unos instantes para dar paso a la intro de El Pájaro Fantasma. En la pantalla LED comenzó a proyectarse la imagen de un cuervo graznando, seguida de la portada del disco.
Puede parecer algo sencillo, pero una simple pantalla LED con proyecciones básicas es suficiente para vestir el escenario. Aun así, queda claro que la banda no necesita mucho más: con su sola presencia consiguen llenar el espacio sin necesidad de grandes elementos escenográficos.
En esta ocasión, El Círculo Juglar sí pudo llevarse a cabo, aunque el espacio disponible era reducido y no se pudo hacer un gran circulo. Aun así, la dinámica habitual del tema se mantuvo, y en la segunda parte de la canción Migue bajó del escenario para unirse al público.

A esas alturas de la noche, el ambiente en la sala era ya muy intenso y se vivieron algunos momentos de tensión, ya que parte del público comenzó a lanzar bebida hacia la zona donde había gente saltando. Teniendo en cuenta que había niños entre los asistentes, la situación resultó algo incómoda.
La cercanía entre escenario y público también permitió un gesto de cuidado por parte de la banda: Migue hizo subir al escenario a una de las juglaritas que había asistido durante los tres conciertos de la gira, con el fin de mantenerla a salvo y evitar cualquier caída o accidente en un espacio tan reducido. Ahora no solo la acompañaría el recuerdo y la emoción de haber estado en dos conciertos sobre las tablas saltando y cantando Soñando Contigo, sino que también tuvo la oportunidad de acompañar en varias ocasiones más a nuestro querido cantante, que finalmente incluso le cedió el micrófono para cantar con el los coros en La Taberna, mientras sus papás y los repetidores que asistimos esa noche la acompañamos con mucha ilusión y entusiasmo.

Durante la parte final del concierto, algunos fans ya pedían «Dracum Nocte«, mientras la banda reaccionaba con humor, comentando que les estaban haciendo “spoilers”.
Todo apuntaba a que el concierto estaba llegando a su fin, ya que incluso algún miembro había abandonado ya el escenario. Sin embargo, otros, como Jose, que permanecía aún con el bajo colocado, dejaba claro que la actuación no había llegado a su fín.
Finalmente, la banda presentó el tema como una de las canciones que interpretan con especial cariño cuando visitan tierras catalanas, recordando su vínculo con Montblanc, localidad que inspiró la composición del tema.
El público respondió cantando con fuerza una canción que, ahora sí, se convertía en la última de la noche.

Tras su interpretación, la banda se despidió del escenario entre aplausos y se retiró de la sala mientras el público hacía lo propio. Como es habitual, algunos de los miembros, con Joselito al frente, bajaron posteriormente a saludar, hacerse fotos y charlar con los asistentes. A este gesto se sumó también Raúl, mientras la organización comenzaba a desalojar el recinto.
Apenas eran las diez de la noche cuando tocaba guardar la cámara, recoger sensaciones y emprender el camino de vuelta, con la música aún dando vueltas en la cabeza, de esas que tardan un tiempo en apagarse del todo. El sueño se acababa y solo quedaba regresar a la rutina.



















































