ARTÍCULO: Las guarras de OnlyFans disuelven tu banda preferida
Ayer se anunció la disolución de una banda liderada por mujeres que, durante años, ha dado lecciones de Hard Rock y actitud por medio mundo. Y, como era de esperar, la caverna del Metal —esa que huele a naftalina, a testosterona mal gestionada y a «valores» de sacristía— ha tardado cero unidades de segundo en dictar sentencia. Pero no han venido a hablar de armonías, de gestión de bandas o de la asfixiante precariedad de la industria. No. Han venido a hablar de lo único que parece importarles cuando una mujer manda: de su cuerpo, de su trabajo sexual y de cómo decide pagar sus facturas.
Hablemos claro: mantener una banda con un ritmo de producción alto y giras internacionales en 2026 es, para la inmensa mayoría de lxs músicxs, un deporte de riesgo financiero. El Metal, ese género que se vende como el epítome de la rebeldía y el «fuera del sistema», es en realidad un cementerio de artistas pluriempleadxs. Pero aquí hay una trampa de género tan vieja como el propio cuero: si un músico hombre trabaja en una oficina de seguros o reparte paquetes para Amazon para costearse el amplificador, se le llama «luchador». Se dice que «lo hace por amor al arte». Pero si una mujer decide que su fuente de ingresos legítima es OnlyFans, el veredicto del cuñado metalero —y, tristemente, de ciertas facciones de un feminismo de postal— es: «Se veía venir, es que ya no se centraban en la música».
La trampa de la precariedad: Si pides, mal; si facturas, peor
No olvidemos la hipocresía de manual que vivimos hace no mucho con una de las componentes de Crypta. Cuando la música brasileña publicó que se mudaba y pidió ayuda para conseguir muebles de segunda mano, la jauría no tardó en saltar. ¿La respuesta de los «caballeros» del metal? «Si no tienes dinero, hazte un OnlyFans».
Ahí tenéis la perversión del sistema: si una mujer muestra la precariedad real de la música y pide apoyo a la comunidad, la mandan al trabajo sexual como forma de burla o «solución» despectiva. Pero, ¡ay, amiga!, si esa mujer les toma la palabra y abre la cuenta para facturar, entonces se convierte en una «traidora al género» y en el objetivo de todos sus ataques morales. No es el «qué» haces, es el «cómo» te machacan por ello. El objetivo es que la mujer en el metal siempre esté en deuda, siempre sea precaria y, sobre todo, siempre esté callada.
La «putofobia» como deporte nacional
El estigma hacia la trabajadora sexual (en todas sus vertientes: desde la prostituta hasta la dominatrix o la creadora de contenido en plataformas) es la herramienta definitiva de control patriarcal. Se busca dividir a las mujeres en dos categorías: las «respetables» y las «putas». Y en el Metal, ese género que presume de transgresor pero que en el fondo es más moralista que una misa de domingo, la putofobia es el motor que mueve los comentarios de las webs especializadas.
Los ataques dirigidos hacia las integrantes de esta formación (y de tantas otras) tras el anuncio de su parón no han sido musicales. Han sido disecciones quirúrgicas de su físico, burlas sobre cirugías plásticas y juicios sumarísimos sobre su moralidad por tener una cuenta en una plataforma de suscripción. Es el miedo visceral del «true» ante una mujer que no pide permiso para existir ni para monetizar su propia imagen. Es el pánico ante una mujer que es dueña de los medios de producción de su propio deseo.
El feminismo «abolicionista» de la dignidad ajena
Lo más sangrante de este linchamiento digital no es el troll de turno con una foto de un grupo de los 80 de perfil. Lo más doloroso es ver a mujeres que se cuelgan la medalla del feminismo usando el trabajo sexual como arma de burla y superioridad moral. Vamos a dejarlo claro de una vez: si tu feminismo no es pro-derechos de las trabajadoras sexuales, si tu feminismo es abolicionista y punitivista con la elección de otra mujer sobre su cuerpo, tu feminismo es simplemente una extensión del patriarcado con una capa de pintura violeta.
Burlarse de que una música tenga OnlyFans es machismo puro. Es clasismo de la peor especie. Es negarse a entender que el trabajo sexual es trabajo. Y que en un sistema capitalista, imperialista y voraz, buscar la autonomía económica a través de estas plataformas es una estrategia de supervivencia y empoderamiento financiero tan válida como cualquier otra. Quienes usan esto como burla están gritando a los cuatro vientos que solo aceptan a las mujeres en el Metal si estas se mantienen dentro de los márgenes de la «decencia» que ellos mismos han inventado.
La convivencia: El gran elefante en la sala de ensayo
Pero hay más. La disolución de una banda nunca es una ecuación simple de un solo factor. Mantener un proyecto con un ritmo de directos frenético es un infierno logístico y emocional. Una banda es una convivencia extraña, un matrimonio múltiple sin manual de instrucciones donde los roces, las diferencias creativas y el agotamiento mental pesan más que cualquier cabezal de guitarra.
Vivir en una furgoneta, compartir hoteles, lidiar con la presión de las redes y las expectativas del público acaba quemando a le más pintade. Detrás de un «lo dejamos» suele haber una necesidad imperiosa de salud mental y de recuperar la propia vida. Sin embargo, la mirada ajena prefiere la narrativa simplona y misógina: «Se han separado porque la líder hace OnlyFans». Como si una decisión económica o profesional de una persona invalidara mágicamente la capacidad de composición o la dinámica de grupo de cinco adultxs. Es una reducción al absurdo que solo se aplica cuando hay mujeres de por medio.
El Metal como guardián de una moralidad caduca
El Metal siempre ha tenido un problema con las mujeres que no encajan en el rol de «la chica que canta bien y es una más de los chicos». Cuando una mujer toma el mando, decide sobre su estética, opera sobre su propio cuerpo y, además, decide que su erotismo es suyo y de nadie más (y que, además, le genera beneficios), el sistema colapsa.
No les molesta el contenido de OnlyFans. Les molesta que ya no pueden controlar el acceso a esas mujeres. Les molesta que ellas no necesiten la validación del «macho alfa» del bar heavy para sentirse realizadas o para llegar a fin de mes. La putofobia es, en esencia, la rabieta de quien ve cómo se le escapa el poder de juzgar quién es una «artista seria» y quién no.
Conclusión: Solidaridad, no juicios
Cobra Spell —o cualquier banda que pase por este proceso— merece respeto por su trayectoria y por la valentía de saber cuándo parar. Lo que no merecen, ni ellas ni ninguna trabajadora de la industria, es ser el saco de boxeo de una sociedad que odia a las mujeres libres.
El metal será realmente libre el día que deje de ser el patio de colegio de lxs que confunden la distorsión con la superioridad moral. Mientras tanto, desde estas líneas, seguiremos defendiendo el derecho de toda mujer a ser música, a ser trabajadora sexual, a operarse si le da la gana y a mandar a la mierda a cualquiera que intente usar su vida privada para ningunear su talento.
Larga vida a las que resisten, a las que se van cuando quieren y a las que, sobre todo, no piden perdón por ser las dueñas de su propia piel y de su propia cuenta bancaria.
